Cuando anochecía en Valledupar, las estrellas situadas sobre cinco esquinas atinaban a iluminar el rango étnico que, a esas horas, celebraba la vida en el inconfesable bar El salivón, ubicado bajo el nivel de la calle y al mando del señor Tedoro, el padre de Santos Amaya.

Mientras tanto, a media cuadra larga de allí, en el teatro San Jorge, la cola era interminable para entrar a vespertina y se insinuaba mayor congestión para nocturna. Por la séptima, arribita de la calle Santo Domingo, en el teatro Cesar, otra buena película presagiaba lleno total, al tiempo que don Marcos Barros, se estrenaba la película de Sartana con buena demanda en el público. Dos o tres chazas, buen guarapo y pastelitos (las empanadas de hoy) eran las provisiones posibles.

De los tres “teatros” pioneros del cine en nuestra ciudad, el único ubicado en esquina era El Caribe, del señor Marcos Barros que, en mi humilde opinión, fue el primer procurador, contralor y fiscal General, fungiendo como tal para garantizar que, quién entraba, había comprado –y pagado- previamente su boleta. El Cesar, era de la familia Baute Uhia pero fue el gran Jimy quien más lo quiso. El San Jorge, estuvo la mayor parte del tiempo bajo la administración de Cine Colombia sa.

Las batidas del ejército, al final de la función, con verificación de libreta militar y quienes no la portaban eran detenidos, para engrosar sus filas, no impidieron jamás la preferencia de quienes, pese a tener edad para ello, corrieron el riesgo con tal de ver su película preferida.

Era torturante motilarse y llegar con la cabeza pelada, hacer la cola y recibir toda clase de golpes, cauchitazos, salivasos y hasta hielazos, mientras la mayoría reía en tácita complicidad con quien lo hacía. Allí, en la puerta del San Jorge, vimos peleadores excelentes como Juancho Monsalvo Castilla, quien venció siempre al tuerto, al manco y al mocho. Doble era, por esta época del año, la oferta de huevos de iguana por cazadores avezados como el medio campista formidable, Eutimio Rodriguez.

El cine llegó a Valledupar para quedarse y esas locaciones que, primero fueron las tres nombradas, pero luego se extendieron con el Avenida y el Ariguaní, se convirtieron en puntos de encuentro, los “clubes populares” en cuyo espacio se conversaba, se bromeaba, se peleaba y se deleitaba mediante la ingesta de viandas populares y la inquebrantable oferta de sabores propios de la época: butifarras, huevos de iguana, mamones, ciruelas, mangos y la infaltable cañandonga.

Frente al teatro San Jorge estaba el hotel y Almacén Londres, diagonal al Cesar, la Nueva paciencia, de don Jacob Luque y la tienda la ONU, frente al Caribe. A cada uno le llegaba su loco, Chepo y Diego te coge Pio merodeaban por el San Jorge, Nano e’ la Cruz, estacionaba en el Caribe y don Jacobo, o chorroebalin era exclusivo del Cesar. En cuanto a los maricas de la época: la bella durmiente y el chirri en el San Jorge, Manuel helada en el Caribe y Minga, firme en el Cesar. Así transcurría el auge del cine en exteriores.

Desde entonces Valledupar ha crecido, su base urbana se ha ampliado y extendido, como verdolaga en playa. La calle 17 sigue como punto de ebullición, más que siempre, en las horas pico; en la esquina del viejo Caribe, en la calle 16A con Carrera 6ª se forman, hombres y mujeres, para el futuro, mientras que el Cesar, sigue cerrado y deteriorándose, en espera de que la institucionalidad lo derive en locación cultural.

Hay nuevas salas de cine, en la capital del Cesar, luego del Cine royal, como conector intergeneracional. Se ubican en centros comerciales, con mucha comodidad, sin chanzas pero con crispeta y varias gamas de productos a la venta.

Pese al auge de la televisión, de las series y de la facilidad para degustarlo hasta en el celular, el cine como parte integrante de las artes audiovisuales, manifestación cultural prevalente en nuestra región Caribe, demanda y merece, mayor apoyo, en nuestra ciudad, por parte del estamento institucional y del sector privado. Lo realizado por Nina Marin y otros quijotes, alivianta las cargas pesadísimas de tener que “trabajar con las uñas”, por lo cual vale la pena que se dé continuidad a programas interesantes: cine al parque, cine clubs, formación de públicos; se otorguen estímulos económicos a los mejores proyectos y se establezcan líneas de acción posible, con apoyo económico, para la elaboración, materialización, divulgación y promoción de videos creativos, cortometrajes y largo, en un futuro. La realización de talleres, conversatorio, focus groups, ciclos formativos, talleres creativos, son pasos, que deben darse, en la dirección correcta.

Contamos con trabajadores y gestores culturales, como Frank Domingo Martínez, cineasta y fotógrafo de vieja data, para avanzar con otros creadores, trabajadores, guionistas y actores, cuya sinergia puede generar importantes avances, como emulación de lo logrado hasta ahora por el gran Ciro Guerra y otros precursores. ¡Que amanezca y veamos!

 

Alberto Muñoz Peñaloza 

Cosas del Valle
Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Actualmente desempeña el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

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